Restaurante Fismuler

Fismuler es uno de esos lugares que, por concepto, me atraía mucho. Quizás, como suele ocurrir casi siempre, las elevadas expectativas acabaron eclipsando un poco mi primera visita.

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Sobriedad y minimalismo se extienden a lo largo y ancho de los 400 m2 que ocupa el local de la calle Sagasta de Madrid. Paredes desnudas de yeso, suelos de hormigón, luz tenue, gran mesa comunal presidiendo la entrada, mesas de madera vieja completamente desnudas.

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El servicio, correcto y amable en todo momento, no acaba de conectar del todo con el cliente, a pesar de la buena voluntad.
Con una carta distinta para los servicios de día y noche, ésta no acaba de aportar el factor sorpresa que quizás esperaba en un restaurante de estas características y cuyo tiquet medio no baja de los 40-50 €/pax.
De filosofía abiertamente local o km.0, los platos presentados, pretenden ceder todo el protagonismo al producto, sin grandes manipulaciones. Sin embargo,la depuración de las elaboraciones para hacer resaltar éste, acaban siendo algo simples y carentes de emoción.

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Aperitivo de bienvenida, compuesto de una mantequilla sin pasteurizar (deliciosa), pan y unas lonchas de brisket (corte de la parte del pecho de la ternera).

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Compartimos una tortilla de ortiguillas realmente espléndida, con un punto perfecto, cremosa y sabrosa.

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Una merluza frita embadurnada con aliño de ensalada de tomate, fue mi elección. Un pescado que parece ser un clásico en la Ancha (que no he visitado nunca), y que está confitado-que no frito- en sartén Parisienne, en abundante aceite de Girasol . Una preparación que puede estar muy bien en el buque insignia del grupo, pero que no me parece acorde al concepto que pretende transmitir Fismuler.

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La elección de mi compañero fue una corvina a la parrilla, de ligero sabor ahumado, acompañada de una col también a la parrilla. Correcto, sin más. Algo menos de cocción del pescado, habría sido preferible

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Esperé con anticipada emoción, la famosa tarta elaborada con tres tipos distintos de queso ( curado, azul y fresco). De textura muy cremosa, y con un claro predominio del sabor a huevo, que me recordó más a un flan que a una tarta y en la que eché en falta la potencia de algún queso con más personalidad.

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La Torrija con helado de leche, realmente deliciosa.

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No podía faltar un café de filtro que ahora parece ser lo más, en cualquier local de nueva apertura que se precie.
Aunque a mi- y que me perdonen los entendidos en estos menesteres- me siga recordando al café Melitta que suele haber en algunas oficinas.

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Sin lugar a dudas, Fismuler es un lugar bonito,en el que comer correctamente y también, cómo no, uno de esos sitios de moda para ver y ser visto.